¿Por qué la ESO es una Locura?

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¿Por qué la ESO es una Locura?

Cuando la Educación Secundaria Obligatoria deja de ser solo una etapa educativa para convertirse en un campo de resistencia diaria.


 

No es violencia, es desafío constante

Hace poco hablaba con un amigo sobre mi experiencia como docente en la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO). Él lo resumió en una frase: “Son muy violentos”. Yo no lo veía así. Lo que realmente hace que la ESO sea de locos no es la violencia, sino la actitud desafiante y sostenida de muchos alumnos.

Sí, son niños. Tienen entre 11 y 16 años, una edad de transición, de búsqueda de identidad, de límites. Pero el problema no es su edad, sino la falta de control, el rechazo a la autoridad y la incapacidad de convivir respetuosamente en el aula.

 


Un sistema que no se adapta, se debilita

Históricamente, la sociedad ha visto los cambios en los jóvenes con recelo. Y es natural: los cambios nos incomodan. Pero la juventud siempre ha sido portadora de nuevas formas de relacionarse con el mundo. Lo preocupante es que uno de los espacios donde más se refleja ese cambio es en el sistema educativo, especialmente en la relación profesor-alumno.

Desde hace décadas, los docentes percibimos una transformación en la convivencia en las aulas. Las denuncias públicas de profesores que se sienten anulados para ejercer su trabajo han aumentado. Y aunque este fenómeno es visible en la ESO, seguramente también comienza en Primaria.

 


No es a todos los profesores, y eso es parte del problema

Lo más curioso es que no a todos los docentes les ocurre lo mismo. A algunos, los estudiantes los adoran. ¿Qué tienen en común? Suelen ser poco exigentes: en notas, contenidos, exámenes… y por tanto, también en aprendizaje.

¿Desde cuándo la exigencia se volvió algo negativo? Exigir no es castigar. Exigir es esperar más del otro porque sabemos que es capaz. Y esa exigencia debería ser mutua: del profesor hacia el alumno, y del alumno hacia el profesor.

 


La educación emocional no basta si no hay herramientas reales

No todo es negativo. Muchos adolescentes de hoy muestran más seguridad en sí mismos y mejor inteligencia emocional que generaciones anteriores. Eso es un logro. Pero también es cierto que hay una evolución en la conducta de los estudiantes conforme pasan de primero a cuarto de la ESO, y no solo por la edad. Es el resultado de la constancia del docente.

El tiempo, por sí solo, no educa. Lo hace la presencia activa, la repetición paciente, los límites claros.

 


Los padres, el rol olvidado en la autonomía real

Muchos padres en Primaria hacen los deberes por sus hijos, justifican sus enfados, evitan conflictos. En la ESO se van soltando, y cuando llegan a Bachillerato, esperan que sus hijos funcionen de forma autónoma. Pero eso no va a pasar de un día para otro.

Durante años, han sido ellos quienes manejaban las herramientas. No ayudaron a sus hijos a construir las suyas. Y cuando se retiran, sus hijos quedan desamparados. El cansancio de los padres es comprensible, pero la pregunta clave es: ¿hasta dónde deben llegar las adaptaciones? ¿Hasta dónde la ayuda?

 


¿Y cuando salgan al mundo real?

Todos estos chicos saldrán algún día al mundo laboral, y fuera del ámbito académico, las exigencias no desaparecen. ¿Van las empresas a tener en cuenta su TDAH, su TEA o su falta de atención? La inclusión es importante, sí. Pero también lo es la preparación.

No se trata de decir que los alumnos son «malos». Se trata de entender que, cuando bajas el nivel constantemente, más se pide bajarlo. Muchos llegan a Bachillerato con actitudes infantiles, necesitando acompañamiento adulto continuo. Y eso, en la vida real, ya no es viable.

 


Conclusión: Más formación, menos títulos vacíos

La ESO no está rota, pero sí está en crisis. Una crisis que involucra al alumnado, al profesorado, a las familias y a una sociedad que prefiere evitar el conflicto antes que afrontarlo. El objetivo no debe ser simplemente que los alumnos aprueben o consigan un título. El verdadero reto es formar personas autónomas, críticas, responsables.

No podemos seguir bajando el listón. Hay que enseñar a sostenerlo, juntos. Porque la formación —y no el simple hecho de titularse— es lo que realmente cambia vidas.

 

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