
La voz se despierta.
Se despereza y se estira. Hoy tiene fuerza y muchas ganas de hablarle al mundo. No es fácil convivir con otras voces cuando las desconoces. Pero hoy se esfuerza como nunca. Suena clara y atrevida.
Con el paso de las horas, va tropezando y se va callando. Con cada pausa guarda un instante que nunca se olvida.
La voz pierde ritmo, pierde fuerza, hasta enmudecer.
Se habla a sí misma.
La voz habla pero no suena, la voz habla pero no comunica, la voz habla pero no se entiende.
Se encoge, se quiebra y se rompe. Se desgañita con cada fonema. La voz se angustia.
Ya no se reconoce. Está cansada y habla hastiada. Parece nueva pero ya es vieja. Desgastada. Suena sabia, pero le falta tiempo.
Es grave y dulce, pero suena infantil. Se precipita y cae… o, más bien, te escupe. Te hace daño porque arroja sin medir su alcance.
Ahora susurra en la dirección del viento. Se deja llevar, no quiere caer en el olvido. Canta con los animales, tan alto como los árboles.
La voz se arrastra y se quiebra. Tropieza y se rompe. Se esconde y se pierde en lo más profundo de la cueva.
Se detiene un instante. Suspira. Murmulla.
Todavía late.
Cada palabra que lanza rebota y vuelve.
Buscando un hueco, cada susurro avanza.
Se eleva y cae, pero cada golpe la acerca un poco más a sí misma.
Cada respiración le recuerda que sigue viva y que aún puede ser escuchada. No teme al silencio, lo habita, y en ese viaje encuentra su fuerza más profunda.
La voz encuentra grietas donde apoyarse. Se cuela. Cada hueco guarda un eco que la llama.
La arrastra y grita, repitiéndose una y otra vez, hasta que la voz vuelve a encontrarse.
